Por Ana Clara Alfie (*)

 

Nuestro Secretario General y Diputado Nacional Hugo Yasky acaba de anunciar la presentación de un proyecto de ley que propone reducir la jornada de trabajo de 48 horas a 40 horas semanales, sin disminución del salario. La iniciativa ya ha comenzado a resonar en los principales medios de comunicación, y es de esperar que despierte un fuerte debate en la sociedad y un claro apoyo de las organizaciones sindicales.

Se trata de adoptar por vía legislativa el principio de la semana de cuarenta horas previsto en el Convenio Nro. 47 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) precisamente en estos tiempos, cuando resulta imperioso sanear los efectos devastadores de la pandemia del COVID-19. Recordemos que el Convenio Nro. 47 es una norma social que se adoptó durante la Gran Depresión de los años treinta, estimándose que la semana laboral de cuarenta horas sería una forma de repartir el trabajo existente y moderar de tal forma la crisis económica y social. Más adelante, esta idea fue retomada, sumando el argumento de que debía procurarse un mejor equilibrio entre la vida familiar y personal y el trabajo, por lo que en el año 1962 la OIT se adoptó la Recomendación núm. 116 que postula el principio de la reducción progresiva de la duración normal del trabajo.

En la actual coyuntura, es preciso desarrollar una política de recuperación del empleo, y la iniciativa de reducción de la jornada de trabajo tiene precisamente ese objetivo. Por otra parte, como se explica en los fundamentos del proyecto de ley, es una manera de que los trabajadores y las trabajadoras, gocen de un mayor tiempo de descanso y defiendan su salud; no debemos olvidar, en este sentido, que existe una estrecha conexión entre la jornada de trabajo y la salud, ya que los horarios largos o que no permiten tener vida social constituyen un factor de riesgo psicosocial.

El sector empresario, por su parte, también será beneficiado por esta iniciativa ya que, como lo sostienen las teorías económicas, la relación entre la productividad del trabajo y la jornada laboral son inversas: a mayor cantidad de horas trabajadas, menor es el producto que se obtiene por cada una de aquellas.

Entonces, desde todo punto de vista, es un grave desatino seguir sosteniendo una legislación laboral que establece una jornada de 48 horas, una de las más extensas de Latinoamérica. Tengamos en cuenta que Chile, junto a Brasil, El Salvador, Honduras y República Dominicana cuentan con una jornada laboral semanal de cuarenta y una a cuarenta y cinco horas, en tanto Ecuador tiene una jornada de trabajo semanal de 40 horas.

Ojalá el debate de esta iniciativa legislativa ponga también en discusión la cuestión de la centralidad del trabajo en la sociedad actual y del papel que el ocio logra desarrollar en nuestra vida social. Quizás es hora de pensar seriamente si el desarrollo de las fuerzas productivas no debiera llevar a la humanidad a reducir el tiempo en el trabajo, para disponer cada vez más de tiempo libre en el cual poder desarrollar nuestras potencialidades. Porque, como señaló Roberto Arlt con humor y lucidez, hace casi noventa años: “(…) no hay día más triste que el sábado inglés ni que el empleado que en una sábado de éstos, está buscando aún, a las doce de la noche, en una empresa que tiene siete millones de capital, ¡un error de dos centavos en el balance de fin de mes!” (Roberto Arlt: “La Tristeza del Sábado Inglés”, en “Aguafuertes Porteñas”).

(*) Abogada laboralista. Integrante de la Asesoría Jurídica de la CTA.

 

(Fuente: CTA)

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